Steve Jobs, el hombre que cambió nuestras vidas

Steve Jobs, el hombre que cambió nuestras vidas
Corría la primavera de 1980. Jay Elliot aguardaba hambriento en un atestado restaurante de San Francisco. Ejecutivo de 40 años, dos metros de estatura, cuerpo esculpido a golpe de mancuerna y traje a medida. A su lado, un veinteañero igual de hambriento que él pero su antítesis estética. Hippie, melenudo, barba descuidada, vaqueros gastados y ajada camisa negra. Nada en común. O casi nada… El ejecutivo y el hippie ojeaban el mismo periódico, el mismo titular: el hundimiento de Eagle Computer. Dos hombres y un destino.

Charlaron. Jay contó que acababa de dejar IBM por su inmovilismo al innovar. Al veinteañero hippie le ardieron los ojos. Se presentó: Steve Jobs, presidente de Apple. Jay puso cara de póquer al escuchar el nombre del joven greñudo y su desconocida firma. Sobre todo cuando le ofreció trabajo… A las dos semanas estaba en Apple.

El primer día, Steve se acercó a su mesa. «Vente mañana. Pasearemos». Era sábado cuando Jay se subió al Mercedes del jefe.

El veinteañero condujo sin abrir la boca. Atronaba ‘Police’ y ‘The Beatles’. Hasta que el coche se detuvo junto a un centro de investigación. Steve bajó y anduvo mudo hasta un almacén. Allí hormigueaba un ejército de ingenieros de Apple. «Vimos una versión primaria de un aparato que más tarde llamamos ratón y una pantalla que no se limitaba a texto y números, sino que podía mostrar dibujos, imágenes gráficas…».

Las palabras de Jay Elliot (ex vicepresidente de Apple) en su libro ‘El camino de Steve Jobs’ suenan hoy casi humorísticas. Pero son históricas. Historia de la informática, el germen del inventor «más grande desde Edison», según Steven Spielberg. Jay, el ejecutivo musculoso, lo tuvo claro al poco de conocer a Jobs: «Ardía en energía. Se entusiasmaba con las nuevas ideas. Y aquel día no solo había previsto la tecnología del ordenador. Había descubierto la religión de lo ‘amigable para el usuario’. Se disponía a cambiar el mundo. Y eso hizo».

EL ‘HIJO’ DEL MAQUINISTA

Steven Paul Jobs (San Francisco, California, 1955) no fue un niño querido. O sí… Joanne Carole Schieble, su madre, y el sirio Abdulfattah Jandali se ‘deshicieron’ de él sin cambiarle ni un pañal. Queremos lo mejor para él, dijeron. Buscaban un matrimonio que le diera un futuro universitario.

Paul y Clara Jobs se cruzaron en su camino. Él, maquinista ferroviario y sin Bachillerato. Ella, ama de casa. Joanne Carole torció el gesto, pero acabó aceptando la adopción al comprometerse la pareja a darle estudios superiores. Y los Jobs empezaron a ahorrar. Centavo a centavo. Pero cuando Steve tenía solo seis años tomaron una decisión que iba a marcar más la vida de su retoño que cualquier título universitario que nunca tuvo. Se mudaron a Mountain View, en los 60 ya un hervidero de firmas de electrónica. Crecía un gigante: Silicon Valley, la cuna de Apple y del emporio de la informática mundial. El caldo de cultivo del genio Jobs

Paul y Clara cumplieron su promesa. En 1972 matricularon a su hijo en la universidad de Reed, más cara entonces que la elitista Stanford. Steve solo aguantó seis meses. «No le veía sentido a nada. Y no podía aguantar que se consumieran los ahorros de toda la vida de mis padres». El joven hippie empezó a ir solo de oyente a aquellas clases que le gustaban. Dormía en el suelo de las habitaciones de sus compañeros.

Conseguía dinero para comer reciclando tapones de Pepsi a cinco céntimos la pieza. Caminaba cada domingo 10 kilómetros diarios para disfrutar «de una comida digna semanal» en un templo de los Hare Krishna._Se hizo autodidacta. Se unió al ‘Hewlett-Packard Explorer Club’, donde ingenieros informáticos exhibían sus últimos juguetitos. Comprobó que le apasionaban los ‘serif’ y ‘sans serif’ del curso de caligrafía de Stanford. Aún no sabía cómo influiría eso después en la elegante tipografía del primer Mac… Él solo aplicaba una de sus máximas: «Tener el coraje de seguir a tu corazón y tu intuición. Ellos ya saben qué quieres ser».

DEL ORDENADOR DE MADERA AL INFINITO

Y su corazón le llevó a aquel garaje de su padre en Palo Alto en el que nació Apple en 1976. Su primera criatura fue el ‘Apple 1’, un ordenador con carcasa de madera y cuatro kilobytes hecho codo a codo con el hacker Steve Wozniak y con el puñado de dólares de la venta de una furgoneta. Diez años después, Apple era una compañía valorada en 2.000 millones de dólares y más de 4.000 empleados.

Era solo el primer sortilegio de la magia que, tres décadas después, hizo posible llevar internet en el bolsillo; el primer encantamiento para transformar el inhumano y negro MS-DOS de los ordenadores en las gráciles ventanas de hoy en día, en el imperio de lo táctil; el germen de iTunes, el virtual universo en el que descargar música con un clic y el maná de las asfixiadas discográficas; el primer paso para iCloud, el legado casi póstumo de Steve Jobs, esa nube que no está en ninguna parte y que permite almacenar contenidos en la red sin soporte físico alguno. Todo por obra y gracia del hijo del maquinista.

Su ego y genialidad le acabaron costando el despido de Apple en 1985 tras una lucha de poderes con el director ejecutivo John Sculley. Pero el treintañero hippie subió más la música de su Mercedes. «Fue lo mejor que me pudo pasar». Su creatividad se disparó. Fundó otra compañía informática, Next. Ni siquiera aquí dejó de innovar. De ahí surgieron los correos electrónicos con imágenes, otra luz en la prehistoria de los mails de texto plano.

Compró por 10 millones de dólares ‘The Graphics Group’, una firma de animación de un tal George Lucas . Nacía ‘Pixar’. Otra revolución de Jobs. Disney la adquirió por 7.000 millones. La cuna de ‘Toy Story’, primer largometraje de animación por ordenador del cine. Como dice Buzz Lightyear: «Hasta el infinito y más allá».

EL ÚLTIMO PASEO

El hambre de Jobs no cesó jamás. Se dice que hasta logró que el Rey Juan Carlos le comprara un ordenador científico de Next durante una feria informática en San Francisco, a pesar de su nula aplicación ‘civil’. Y_Apple volvió a llamar a su puerta. En 1996 engulló Next… por 429 millones de dólares. Jobs mordía de lleno la manzana. Empezaba la ‘i-era’: iPods, iPads, iPhones… Las criaturas del ‘uniformado’ Steve. En Apple siempre vestía igual.

Una camiseta negra de cachemira y cuello vuelto, tejanos azules Levi Strauss y zapatillas New Balance oscuras. Tenía 100 piezas de cada prenda. Ni ante Obama mudó su imagen. Éxito y dinero no le angustiaban: «Ser el más rico del cementerio no me preocupa. Irme a la cama pensando que he hecho algo maravilloso: eso me importa».

En Palo Alto, su garaje se tornó en una mansión. Pero durante mucho tiempo durmió en un colchón en el suelo. Su tesoro era otro.

Primero, Laurene Powells, su esposa desde hace 20 años. Economista brillante y ex asesora de Goldman Sachs. A él no le conquistó eso.

Fue su sonrisa durante una conferencia en Standford. Luego, sus tres joyas: Reed Paul (20 años), Erin Sienna (16) y Eve (14), sus hijos. Su último placer, desde que el cáncer le diera la dentellada definitiva en agosto (en 2003 esquivó sus colmillos con una operación de páncreas) era desayunar con ellos en el porche de casa, charlar al atardecer. Días antes de morir, ya en silla de ruedas, le pidió a Reed Paul que le llevara a dar un paseo en coche por sus lugares preferidos de San Francisco. Quizás pasaran por aquel restaurante en el que un joven greñudo sintió punzadas en el estómago. Allí donde empezó todo. Allí donde tal vez ya pensara: «Seguid hambrientos. Seguid alocados».

 

Fuente: http://www.hoytecnologia.com/noticias/Steve-Jobs-hombre-cambio/383237

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